Gerardo Jorge

Mencionado por:
Diego Carballar
Menciona a:
Mariano Blatt
Carlos Godoy
Violeta Kesselman
Eva Lamborghini
Francisco Bitar
Martín Rodríguez
José Villa
Daniel Durand
Arturo Carrera
Leónidas Lamborghini
Datos:
Nació el 15 de octubre de 1980 en la ciudad de Buenos Aires. Cursó la carrera de Letras (UBA). Estudió en forma particular música, pintura y dibujo. Desde el año 2006 co-dirige la revista de poesía y arte “El niño Stanton” (www.elniniostanton.blogspot.com) y desde el 2007 el sello editorial del mismo nombre. Durante 2008 editará: Una pastilla efervescente (libro) y En la margen (plaqueta).
Poemas:
De Una pastilla efervescente:
El final del verano
Me dejé crecer el bigote al cabo
de un período de cambios en mi vida.
Siempre fui un poco enemigo de los pelos,
mejor dicho: de ciertos pelos,
las concentraciones que se forman
en lugares demasiado protagónicos:
cara, brazos, pecho; pero
esa felpa torpe, esa cosa burda, un día,
empezó a tener nombre, y terminó crecida
en mí, al final del verano,
como el pasto en un terreno baldío.
Ese verano hubo días de un sol delirante,
donde las cosas perdieron su forma. Como
si el calor cociera una fruta sobre el asfalto,
la aplastara, y exprimiera la misma
hasta agrietarla por la presión y esparcir la pulpa,
así se desarrolló esa temporada,
un palo de escoba haciendo equilibrio en el aire,
derecho; el aullar continuo de un pájaro
en la cornisa entre la ausencia absoluta de todo;
la ausencia de toda identidad; y el interior de una casa.
Cada sol era entonces el sol. Una llave
hacia una juventud esplendente,
verde como bocanada de aire fresco,
leve, en la que entrar,
estuvo de golpe en mi regazo
caída de la risa abierta imperial de ella.
Me dije: el peligro concreto de la poesía.
Y franqueada la barrera,
el espejo atravesado,
empezó la gesta.
Los lunes me encontraban dado vuelta,
trenzado en mí mismo, una escultura barroca,
con una atención nueva y emocionante
dirigida hacia lo muscular
y la fuerza. La fuerza emergía como siempre
a borbotones
y se renovaba como una fuente
que me empujaba hacia arriba
como un ángel que fuera devuelto al cielo:
un ángel que se encontraba cada mañana
dejado en el umbral del trabajo, atontado,
creyendo que se trataba una vez más del colegio.
Así, un día tras otro,
como una montaña al lado de otra
en un viaje deslumbrante por el paisaje.
Una sensación que, a falta de más precisiones,
señalo como la juventud y felicidad
más primigenias, en el estado de máximo desarrollo que alcanzan
dentro de la autosuficiencia, dominaba todo.
Administrando olvidos y memorias,
vigilia y sueños, cansancios y brotes;
haciendo nacer actos y decisiones,
preferencias y órdenes, dictando bebidas y comidas.
Mi cuerpo se ofrecía como un brote
por el cual se dejaba correr
en un espectáculo emocionante y agotador
toda esa energía. Era un brote sin suturas,
cortado por ambas puntas; un chorro
incansable de alegría y actividad
atravesaba el brote verde
sostenido por la pinza de dos dedos
femeninos, corporales, en el aire,
que era mi cuerpo.
Mi cuerpo, mi pobre cuerpo
alzado al ritmo de mi mente
recalentada como esa fruta.
La vida semejaba entonces en todo
un poema místico o la publicidad
de un desodorante de ambientes:
parques aromáticos como cunas
por cuya maleza peinada corríamos
como héroes borrachos de la belleza.
Elegidos mutuamente, alimentábamos
las estatuas de nuestra voluptuosidad
macerándolas con las lenguas, con lo fluido,
y con cómo descargábamos uno en otro
las formas de mirar, tumbándonos todo el tiempo.
Día tras día, a la vez que era todo
un único día continuo sin noches,
nos erigimos como piedras: firmes, nobles,
aleaciones de un torneado casi inhumano.
Un pie se apoyaba en otro, o sobre una mano,
con la perfección con que se juega un juego
de reglas conocidas; pero no había reglas.
Toda adición de uno al otro era exacta,
arquitectónica, piramidal. Habíamos conquistado
la solidez plástica de las estatuas clásicas,
pero en el fragor de la actividad y la mezcla.
Con maratónicos y perfectos descansos
se cerraba cada atardecer, el ritmo
de los días se nos había pegado majestuosamente
a los cuerpos, invadidos de un halo febril
de naturalidad, como personajes mitológicos,
se diría, o como imaginamos o nos hablaron
de los habitantes de ese pasado tan continuo
y tan libre del tiempo, que nos cuesta no anhelarlo
y no tender hacia él en la mente.
Piletas de agua lisa donde lo increíble
era puesto a prueba, nos sumergíamos ahí
como en un cuadro: en un sueño posible
de flotación circular.
Maratónicas figuras, maratónicos descansos.
Batíamos récords de emocionalidad,
nuestros estados en lo espiritual
habían quedado formulados
-como si nos hubieran concedido un idioma-
en esa fruta cocida al ritmo del mediodía
y de la tarde, de la tarde y de la noche:
con la gracia perfecta de lo impersonal.
El paso del día, con el lápiz de la luz haciendo un arco,
nos saludaba cada vez, a los dos cuerpos yaciendo.
Pero éramos nosotros. Los dioses se hubiesen perdido
la emoción de lo inusual y todo hubiese sido peor para ellos,
podemos pensar ahora como consuelo. Las copas gordas
de los árboles del jardín
hoy se siguen sacudiendo
pero nosotros ya no estamos allí
para espejarnos mutuamente con ellas
y comprender, magnificando horas y unidades
que en otro momento pasarían como un cajón vacío
tirado medio torcido a la sombra, en un desván
ocupado por unos cuantos bártulos.
Éramos nosotros y no somos
la sombra perfecta de ningún pensamiento.
En la corrida hacia la ruta edénica
por la que nos deslizamos como chicos
con la crueldad inocente y fulgurante
cada vez que éramos más, volvíamos a ser menos.
Algo, entre el festín de frutas y sabores
ofrecido como néctar inocente de juventud,
engañaba a nuestras mentes acalambradas
por un verano demasiado blanco, demasiado abierto.
Una remera caída en un lugar, un libro
olvidado en el asiento de un taxi vacío. Algo
se inoculó en los cuerpos serenos de la locura
y creció y se multiplicó, un hormiguero de células,
hasta consumirlos, y disiparlos. Cuerpos
a los que nunca termino de pedirles perdón.
Hubo veranos antes y después de ése:
antes, con la frescura virgen e impotente
de una felicidad sólo vegetal, y después
con cálida temperatura y luz triunfal de día
pero sin aquella completa continuidad
que un día fue sazonada con los brotes,
los cuerpos, los tallos en perfecta conexión
donde vivirla y quedar. Nunca volví
a tener un cuerpo como el de aquellos días.
Nunca tuve un cuerpo igual
tonificado y continuo
como una malla donde desplegar las estaciones
con sus ritmos y justicia.
La sensación de un silencio suficiente
nacida en la base de la columna,
y subida hasta la nuca, hasta la corteza
para derramarse como riqueza auténtica,
alcohol fluido padre de la felicidad,
un don absoluto del hecho de estar,
desapareció, aunque a veces una intuición
de vida disponible en el aire del verano
me venga a despertar. Nunca
logré volver a ese cuerpo sagrado.
Hoy sólo hay flashes y reflejos
que brillan y se desvanecen.
Ahora ando muy arreglado y prolijo
pero como una fruta golpeada
que hay que comer para continuar
es que me acerco a cada cosa.
Aunque hay sabores de maravilla.
Durante ese verano
acaso fue que fui
dejándome crecer el bigote,
que fue creciendo, mejor dicho,
un hilo de abandono en medio en la gloria,
y de pronto fue algo, fue más que nada,
se agrupó, tuvo consistencia, una organización;
pero recién ahora lo bauticé, hace poco,
la mano cayendo sobre el papel.
Ahora él me está mirando a mí,
y yo veo que es una cicatriz,
un ser de carácter testimonial,
uno de esos juncos de orilla
frágiles y movedizos:
a punto de ser cortado en cualquier momento
pero dueño de la apariencia
burlesca y enigmática
del paso del tiempo, el peso
de la acumulación
de las olas de euforia de cada día.
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
De En la margen:
(3 de la tarde, calor agobiante, la orilla y el interior del río)
Sensibilidad extrema en todos los polos del cuerpo.
Suspensión absoluta de la sensibilidad.
Continuidad hedonista de todo con todo
sólo entrecortada por conciencias que viajan por el río
como enfermedad, miedo, vapores de misterio.
Tres de la tarde en la parte baja y descansada de un río
que atraviesa mucho para llegar acá y circula
circula por los nervios de dos cuerpos sumidos
en una fina película de pensamiento
en el espejo definido y ondulante del agua;
todo, todo es continuidad, imágenes se retroalimentan,
el cuerpo obtiene sensaciones del tacto con las gotas,
las transmite, las procesa, hace gases;
la vista se marea entre estos estímulos circulares del paraíso,
la imagen de una chica, y su materia, alternativamente:
materia frotada contra materia, rozada, erguida,
aproximaciones de un gran caudal de sensación como granja
el panorama se completa con la continuidad
entre el cielo y las aguas en un color violáceo, borravino
inesperado antes de ser concebido como destino
y única posibilidad aceptable.
* * *
(las 2 de la tarde, la ribera de un río)
Calor intenso en el alba de la tarde.
El “post mediodía” de Claudio o l’aprés midi de Claude:
ramas penden, hilos, hojas, láminas verdes,
escobillas sobre un oro fingido e impuro, la playa:
una escena definitivamente hermosa,
bucólica, trillada, que le hace cosquillas a la mente
justo en el punto donde se toca con el tórax.
Como en una hamaca, un cuerpo se levanta,
un cuerpo se sumerge: ¿no había una hoja de aire
que cortaba a todos estos seres? ¿un hilo de oro
dejado por los tejedores antiguos del presente?
Afuera del agua, el pan
de la bolsa cambia de mano, otra mano
estira el mantel, las cosas precarias
dispuestas sin un orden
en el plano granulado.
Actividades obligadas:
comer, dormir, respirar
mínimas metas, horizontes que se diluyen,
excusas para la proximidad:
alegrías ante el vacío de la alegría.
* * *
(la tarde con viento, un arrebato en la orilla)
Turbación, furor, fulgor,
sonidos cortos y percusivos,
acople, templanza y un süave meneo,
un cuerpo encaramado sobre otro, encajado,
la animalidad en su punto más alto o casi
temperatura corporal en aumento
pero más que nada agitación sea
o no sea con calor. Un pie, un talón
clavado en la arena, la remera pudriéndose.
Considerable aceleración del pulso,
mayor intensidad de la presión arterial
y poca posibilidad de ilar pensamientos
por fuera de aquellos sobre lo que concretamente
es preciso para alcanzar más felicidad.
Encimados, los dos cuerpos, uno arriba del otro
despiden un vapor (o dos): dato interpretable
con que el alma se consuela sin engaño,
mudez sordomudez vacía de las horas
que calor en descenso y bruma en expansión
se realizan entonces
con la belleza de una muerte encantadora,
de una tarde de domingo,
así como respira el alma
presa en el cuerpo que duerme
* * *
(atardecer, la mirada puesta en la curva que hace el río en dirección a la capital, ramas y copas en las orillas, recibiendo el manto gris de plomo, adiós de la luz que se escapa)
Rencor, paranoia y amianto en la mente,
la pérdida del río en el horizonte,
la noche avanza como un viajero
sobre este punto remoto y uniforme,
sobre la faz de donde surge el pensamiento.
Lugubridad, la mira en las aguas que van,
y hacia dónde lo hacen. Certeza
de acabar con todo viaje al fin, siempre.
La reducida paleta del paisaje de un lugar
hace señas que la mente toma para torturarse.
Impresionismo derrotado, el estilo del corazón
en esta hora es tenebrista.
La oscuridad de lo conocido
amenaza con volverse infinita. Temblores, fiebre,
un estado de intensa perturbación sólo interrumpido
por la propia fatiga en la concepción de lo que ocurre.
* * *
El gas gris de la tarde litoraleña
tiene el tono de una modesta proposición:
amalgamar el sol, la tierra, las aguas,
el pensamiento en una atmósfera, en una ola
ilimitada, o dentro de la cual estemos como aves.
El techo de lo natural correntino pesa
como pesa la experiencia, el añar vivido
que permite llegar a las puertas de un paraíso
que ya no se ve como tal. Por eso
la mano suelta que nos dio esta forma de sentir
tuvo la presteza de aquellos que no tenían paciencia:
para paciencia quedó este cuerpo, aquel,
los fantasmas que se deslizan por la base del cielo
en este pueblo agreste al que vinimos también
en el girar y girar que busca una desembocadura.
* * * *
Inédito:
Inmaculada y temblorosa
fuiste sólo para mí. Ahora
que tenés el terrón de azúcar negro
en la mano, la mano
empollando alas
y sos un pozo listo para explotar
te lanzo como una bala de fuego de plata
para que te recoja del suelo
en el medio del campo
alguno con la sonrisa crocante y resbalosa.
Y me quedo acá mirando
en el vacío estomacal que deja la estela de luz.
* * *
Preciosos textos. Me encanto el de "El Final del Verano"... ese girar en torno al bigote, al desgaste, a la figura, a los amores, a los cuerpos, que como ciertos veranos nunca vuelven.
http://laseleccionesafectivascolombia.blogspot.com/
http://porqueabsurdoeselmundo.blogspot.com/
Un saludo.
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